Venezuela:
País en reconstrucción
“Nunca más una dictadura”, decía una pancarta cuando Venezuela volvió a respirar esperanza tras la victoria de Edmundo González Urrutia y luego de los eventos que hemos visto desde el pasado 03 de enero, esa frase la vuelvo presente. La elección presidencial del 28 de julio de 2024 fue el momento en que la máscara se les terminó de caer, el país votó, se expresó, pero decidieron desconocer la soberanía del voto y robarse las elecciones. Maduro fue proclamado por un Consejo Electoral que al día de hoy no ha mostrado una sola acta que lo certifique, incluso la página web oficial del CNE fue desactivada y permanece fuera de línea de desde esa misma fecha. Del otro lado con una organización humana extraordinaria se pudo demostrar con actas en mano el triunfo de Edmundo González Urrutia con más del 70% de los votos. María Corina Machado líder indiscutible de todo este proceso mantuvo encendida la llama social aun cuando el régimen le impidió ser candidata y marcó la ruta: la lucha debía darse con votos y recorrió el país con una legitimidad conquistada a pulso y de la mano del pueblo venezolano en pro de la causa democrática nacional.
Cuando vi la noticia el 3 de enero de 2026 de que Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó a su territorio para enfrentar cargos ante la justicia, fue imposible no alegrarme. Para quienes hemos resistido y luchado desde el comienzo del chavismo, una actuación tan firme contra la impunidad se percibe como un gran salto hacia la libertad y la justicia. Mucho ruido apelando al derecho internacional tras este hecho, ¿Será que el derecho internacional no contempla la posibilidad que los ciudadanos puedan ser víctimas de sus propios gobernantes “tiranos”? ¿Que las tiranías pueden nacer y desarrollarse a partir de una elección? Quizás sea esta la respuesta a la convivencia con dictaduras. Esta realidad fue dramáticamente reflejada por un venezolano con una frase que debería ser explicada por juristas en la materia, “Si el derecho internacional no sirve para sacarme del Helicoide, pero sí para defender a quien me oprime, entonces no solo no me ayuda, me daña”
Juan de Mariana defendía en su doctrina que el poder se justifica mientras protege la vida y el bien común pero cuando se usa para someter, expoliar y perpetuarse deja de ser gobierno y se convierte en tiranía, allí se rompe el pacto de obediencia y en esos términos el derrocamiento del tirano se entiende como límite último, precisamente cuando la vía institucional ha sido cancelada, o como lo dijera más tarde Simón Bolívar “Cuando la tiranía se hace ley, la rebelión es un derecho”
Cuando una potencia actúa lo hace por sus razones, en consecuencia, las relaciones entre países se forjan sobre intereses. Henry Kissinger lo resumió con crudeza “La política exterior no es una obra moral”. Que Estados Unidos tenga intereses en Venezuela no lo discuto, ¿acaso no los han tenido Rusia, China, Cuba y demás aliados del chavismo? Venezuela no es una pieza menor del tablero mundial, es un país energético de escala global con reservas colosales pero esa riqueza paradójicamente nos hizo vulnerables, por eso la pregunta que debemos responder es ¿De qué nos vale tener el subsuelo lleno de petróleo si arriba los venezolanos viven en pobreza crítica? Esta situación hay que revertirla y volver a ser uno de los países más prósperos del mundo.
Para eso, es necesario desmontar la estructura del régimen, tras la captura de Maduro se instaló un gobierno provisional que no puede servir de puente para reciclar el mismo aparato, Delcy Rodríguez quedó al frente y precisamente ella representa ese riesgo, porque es cierto que no está el tirano, pero sigue la tiranía... ¡Aún no hemos terminado! Al momento de escribir estas líneas se están dando algunas liberaciones de presos políticos “que decían que no existían”, lo celebro, pero no nos confunde, estas liberaciones son discrecionales no representan ni siquiera el 1% del total de presos políticos, además no son liberaciones plenas cuando están sujetas a medidas cautelares y a silencios impuestos como condición, manteniendo al liberado como rehén, pero en otro espacio.
La historia contemporánea de Venezuela da cuenta de lo complicada que pueden ser las transiciones, después del 23 de enero de 1958 hizo falta más de un año para pasar del perezjimenismo a la legitimidad electoral. Inicialmente, se ensayó una fórmula de estabilización con una Junta de Gobierno militar y luego cívico-militar, con el objetivo de recomponer el Estado y encauzar el retorno institucional, ese proceso desembocó en las elecciones ganadas por Rómulo Betancourt, pero ni siquiera la legitimidad del voto acabó con las intentonas e insurrecciones que desafiaron su gobierno y el orden constitucional, pero gracias a una contundente firmeza institucional la democracia se sostuvo.
Edmundo González y Felipe González coincidieron que las transiciones no son lineales ni simples, requieren experiencia, visión histórica y capacidad de distinguir entre lo urgente y lo esencial. Considero que hoy lo urgente es evitar que el país se queme y lo esencial es reinstitucionalizar. Estamos viviendo un nuevo inicio en Venezuela y abogo por una transición real con liberación total de presos políticos, apertura institucional amplia, árbitro electoral creíble, justicia transicional responsable y una Fuerza Armada que vuelva a su rol constitucional sin ser partido armado ni árbitro del poder. Estas tareas por demás complejas están en manos de quienes gobiernan provisionalmente, de los liderazgos legítimos, de la administración Trump, del reconocimiento internacional a una transición democrática y sobre todo de los venezolanos dentro y fuera del país vigilando, apoyando y defendiendo esta reconstrucción.
“Nunca más una dictadura” debe ser la promesa que debería bastar para unirnos a todos, incluso a los que piensan distinto.
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SOBRE EL AUTOR
Oswaldo Smarrelli
Economista, magíster en gerencia, locutor certificado y articulista por convicción. Más de 20 años acompañando a líderes y organizaciones a pensar el presente para diseñar el mañana.
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